Acabada la Guerra Civil española, Franco confecciono una unidad militar de élite de origen marroquí que ejerció las funciones de su guardia personal. Ataviados pomposamente, fueron elegidos por tener la mejor hoja de servicio en combate.
Y allí estaban ellos, los feroces guerreros de turbante y gritos a Alá, pisando la ciudad que no pudieron tomar en 1936. «¡Que vivan los moros!», coreaban a garganta llena algunos jóvenes al paso de los batallones de Regulares traídos para la guerra desde el protectorado marroquí. Ayudaron a Franco en su cruzada contra el ateo infiel, murieron «como chinches» en los frentes donde la lucha fue más encarnizada («Degollé a tanta gente y con tanto frenesí», recordaba décadas más tarde en Tetuán el ex combatiente Maadani, «que creí que me había vuelto loco»
Como es sabido, Franco sirvió desde Teniente hasta General en el entonces llamado Ejército del Norte de África, en La Legión y en las antiguas Tropas Indígenas de Regulares, formadas por personal marroquí, que cuando entraban en combate solían distinguirse por su acometividad e intrepidez cuando avanzaban, que les hacía muy temibles, aunque también se les conocía por sus sonadas huidas en desbandadas en cuanto encontraban tenaz resistencia. Franco solía decir que «el marroquí sólo desenvaina su gumia (machete), cuando el enemigo está de retirada». Eran también muy leales y obedientes a sus mandos, de manera que Franco, que necesitaba su apoyo, les convenció para que lucharan a su lado desde el fuerte carisma que tenía sobre ellos y prometiéndoles en varias arengas: “¡Cuando florezcan los rosales de la victoria, nosotros os entregaremos las mejores flores!”; y: “¡Valientes soldados marroquíes, os prometo que cuando acabe la contienda, a los mutilados les daré un bastón de oro!”.

Con el comienzo de la Guerra Civil de 1936 el Ejército de África se situó abiertamente a favor de los sublevados. Desde un principio los nacionales comenzaron la recluta masiva de marroquíes y saharauis para luchar en la nueva guerra como tropas de choque. Se estima cerca de 70000 los soldados marroquíes y saharauis que lucharon en la guerra de España, con casi un diez por ciento de muertos en combate y una ingente cantidad de heridos y mutilados, ya que eran empleados como carne de cañón .Durante la Guerra, nada más formarse en Salamanca el primer gobierno de los nacionales bajo la dirección de Franco, se decidió organizar una unidad para dar servicio de escolta a Franco que hiciese las guardias en la sede de su gobierno y que prestase servicio montada a caballo de escolta de honor al ya Generalísimo, a los embajadores extranjeros y altas personalidades que visitasen España.

«Valientes soldados marroquíes, os prometo que cuando acabe la contienda a los mutilados les daré un bastón de oro»
Franco en Abril de 1937
Reflejo del creciente poder que su Guardia pretoriana adquirió en la España franquista, la confianza que Franco puso en esta particular guardia personal le llevó a prohibir cualquier tipo de imágenes o comentarios que denigraran a los soldados marroquíes de esta institución de cara al público español. Acabada la Guerra Civil española, los casi 100.000 soldados marroquíes (según algunas fuentes), fueron desmovilizados paulatinamente y unos pocos volvieron a sus unidades en África, al ejército colonial. Aunque la mayoría regresaron a sus regiones, al montañoso y pobre Rif, al lejano Sáhara o al inhóspito Ifni. Se habían alistado en el ejército de Franco porque era una manera de salir de la pobreza y regresaban con una humillante pensión militar.

El Escuadrón de Escolta a caballo, que se formó en los últimos días de enero de 1937 y llegó a Salamanca el 7 de febrero de este mismo año, estaba integrado por el 2º Escuadrón del Tabor de Caballería del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Tetuán nº 1. Esta unidad mixta de Guardia Civiles y soldados moros prestó servicio hasta la Independencia de Marruecos en abril de 1956, siguiendo la medida adoptada por Francia poco antes, momento que no sólo los soldados marroquíes dejaron de ser vistos en El Pardo, sino que poco a poco empezaron a ser remplazados en las unidades de Regulares hasta su total sustitución por soldados peninsulares.

Disolución y pensiones
Estas Fuerzas moras, eran absolutamente fieles al mando, pero, a la vez, también eran muy celosas y posesivas de su destino y puesto. Para su disolución y traslado a Marruecos hubo que utilizar la siguiente estratagema: Se simuló una orden de ejercicios de tiro en el campo de tiro situado en los montes de El Pardo, a unos cinco kilómetros. Se les informó que el personal sería trasladado en camiones y los fusiles y munición en un camión aparte. Los guardias moros, no se separaban nunca de sus armas, pero su obediencia al mando era ciega si se les sabía ordenar y convencer, de manera que subieron a los camiones, que en vez de trasladarlos al campo de tiro, los llevaron a la estación del tren, de donde partieron hacia Algeciras y después embarcarían para Ceuta con destino a Marruecos.
«A quien luche y logre sobrevivir», recuerda Abdellah las palabras que le oyó un día a Franco, «les regalaré un bastón de oro…Pero la única recompensa que hemos tenido es uno de madera con el que mendigamos los que quedamos aún vivos»
De los supervivientes de aquellos 70.000 hombres apenas quedan vivos dos millares con derecho a pensión española (la perdieron quienes pasaron al Ejército marroquí en 1956). La cifra, según la pagaduría adscrita al Ministerio de Exteriores, mengua a diario. En 1985 los pensionistas eran casi 5000. Hoy son 1684 ex combatientes y 186 entre viudas (178) y huérfanos, y se quejan de que sus pagas, instauradas por una ley de 1965, nunca se han actualizado. 500 pesetas al mes para los oficiales retirados, casados y sin hijos. 1.000 pesetas al mes para los casados con hijos. 3.500 pesetas por año de servicio para los jefes de las Fuerzas Mahzen; hasta 3.000 para los capitanes; y de 750 a 2.250 para las tropas, desde soldados hasta sargentos. De un solo pago. A los retirados marroquíes se les concedían 750 pesetas mensuales y a las viudas y huérfanos de los Regulares, 500.

«Los indígenas íbamos siempre por delante, donde la muerte»
A los ejércitos moros, y no a legionarios y falangistas, se les atribuyeron las peores atrocidades (destripamientos, decapitaciones y amputaciones de orejas, nariz o testículos). Del «moro fascista» de los republicanos al «camarada moro» de los nacionales no hay tanto trecho.
Las tristes historias se acumulan en expedientes cada vez más amarillentos. Las primeras demandas, de 1966, se cursaron al Ministerio de Defensa. A partir de 1989, los expedientes fueron llegando a las secciones VIII y IX del Tribunal Superior de Justicia de Madrid. En la actualidad, la segunda de las salas tramita alrededor de 150 recursos, muchos correspondientes ya a veteranos que han ido falleciendo de viejos.
Pero ¿Y los caídos en batalla?
El Cementerio Musulmán de Barcia más conocido como Cementerio Moro de Barcia, es un cementerio construido en 1936 para albergar los restos fúnebres de aquellos soldados de religión musulmana que habían combatido con Francisco Franco durante la guerra civil española. Es el único de sus características y se encuentra en el concejo de Valdés (Asturias).

Las tumbas están marcadas por dos lajas de pizarra, en los pies y en la cabeza, con dirección prácticamente norte-sur, pero a pesar del cuidado con el que se enterraron a muchos hombres según el rito musulmán, existen otras fosas dispersas. Se piensa que puede haber entre 400 y 500 enterramientos. En la actualidad, el espacio está completamente arruinado, cubierto de grafitis y reclamado por la naturaleza. El espacio se abandonó prematuramente, y la doble controversia de un espacio islámico durante el franquismo, y un espacio franquista en la democracia, han hecho que el cementerio cayera en el olvido durante años.
También encontramos soldados caídos en el único cementerio musulmán de Madrid. Apilados en una fosa común, reclamados por nadie, sin más distinción que la que se aprecia en la imagen sobre estas líneas, yacen los cuerpos de parte de los moros de Franco muertos, en las batallas de Brunete y de Ciudad Universitaria.

Los restos de la Guardia Mora de Franco no sólo son estos huesos. También el recuerdo de su barbarie, protagonista según ambos bandos de los capítulos más oscuros de la funesta Guerra Civil. Los cerca de 100.000 adolescentes y jóvenes reclutados por Franco en los territorios del Protectorado arrasaron pueblos y se dedicaron sistemáticamente al saqueo y al pillaje, pero se les atribuyen más cosas: decapitaciones, amputaciones, violaciones…
En la nebulosa de la propaganda de guerra, nacionales y republicanos coincidieron en pintar a los Regulares como a bárbaros. Dolores Ibárruri dijo de ellos que eran «morisma salvaje, borracha de sensualidad, que se vierte en horrendas violaciones de nuestras muchachas en los pueblos que han sido hollados por la pezuña fascista». Queipo de Llano convenía a su estilo con La Pasionaria, convirtiendo el horror en cuestionable virtud: «Nuestros bravos Regulares han enseñado a los cobardes rojos lo que significa ser hombre. También a sus mujeres. Después de todo, a estas comunistas y anarquistas les ha hecho bien adoptar la doctrina del amor libre y ahora conocerán por lo menos a hombres verdaderos, y no a esos milicianos maricas».















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