BATALLA DE NÖRDLINGEN. Del 5 al 6 de septiembre 1634

La batalla de Nördlingen fue una batalla decisiva de la guerra de los Treinta Años donde Suecia dejó de ser una potencia militar. Los Tercios acaban con el mito de los invencibles ejércitos suecos.

«Seis horas enteras sin perder pie, atacados dieciséis veces, con furia y tesón no creíble, tanto que los alemanes decían que los españoles peleaban como diablos y no como hombres, estando firmes como si fueran paredes».

La Guerra de los 30 Años fue un conflicto brutal, descarnado en el que Europa perdió los papeles como ha ocurrido en infinidad de ocasiones. Un conflicto latente desde mediados del SXVI que estalló debido, entre otras cosas, a la rivalidad existente entre los partidarios de la tradicional religión europea, el catolicismo, y los seguidores del protestantismo, una nueva rama de creencias escindida de la Iglesia católica.

Esas tensiones se hicieron palpables cuando, en 1618, Fernando II de Habsburgo, ferviente católico, se convirtió en Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (título que le permitía gobernar en buena parte del centro de Europa). Esto fue demasiado para la nobleza protestante de Bohemia (actual República Checa), que decidió deponer al nuevo líder a base de espada para intentar instaurar sus propias creencias. Este conflicto local pronto atravesó fronteras provocando que en poco tiempo los contendientes comenzaran a pedir la ayuda masiva de los territorios europeos. Así, Fernando II no dudó en solicitar la intervención de España, mientras que, por su parte, los protestantes llamaron a filas a Dinamarca. La guerra había empezado e iba a dejar miles de muertos.

Nos desplazamos entonces a Nördlingen, donde las tropas hispanas, italianas y alemanas se enfrentaron al ejército sueco de Horn.
Fue una batalla que sirvió para mantener la hegemonía de la Corona española durante una década más, hasta la derrota de Rocroi, en la que los Tercios cobraron cara su piel luchando hasta el final, y sosteniendo un Imperio que residía en sus picas. Nordlingen es una de las grandes victorias españolas de toda su historia, al nivel de San Quintín o Pavía aunque, mucho menos conocida.

El ejército sueco había desembarcado en las costas de Alemania y tras las reformas militares promovidas por el rey Gustavo II Adolfo cada batalla la contaban como una victoria, por lo que se sentían imparables.

Desembarco de Gustavo II Adolfo en Alemania

El 30 de junio de 1634, el Cardenal Infante, nuevo Gobernador de los Países Bajos, parte de Milán con su ejército hacia la lejana Bruselas. Le acompañan 10.000 infantes encuadrados en seis tercios y un regimiento, y 2.000 jinetes agrupados en 23 compañías. Tras cruzar los Alpes, el 4 de agosto llega a Munich, donde se le unen los restos del ejército del difunto Duque de Feria, que había llevado a cabo durante el invierno la campaña de Alsacia, en total unos 6.000 infantes y 1.000 jinetes.
Tras cruzar el Danubio, el 2 de septiembre llegan a las cercanías de Nordllingen, sitiada ya por las tropas imperiales. Se reunirán allí tres ejércitos católicos: el español, el imperial y el de la Liga Católica., en total unos 35.000 hombres, suficientes a primera vista para enfrentarse a las tropas de Horn y Weimar. El mando efectivo del ejército español lo ostentaba el marqués de Leganés, y el imperial corría a cargo de Matías Gallas.

El bando protestante, ya minado por fuertes disensiones entre Horn y Sajonia-Weimar, esperaba ganar la batalla a las tropas imperiales, a las que había infravalorado. Por los protestantes son los regimientos suecos «Negros» y «Amarillos» los que sostuvieron el peso de la batalla.

Rey Gustavo II Adolfo de Suecia

Los primeros combates se desarrollaron en torno a una colina que dominaba el campo de batalla llamada Albuch en el que tropas imperiales habían establecido una fuerte posición. Los suecos que eran unidades de muy buena calidad y famosos por su ataque combinado de infantería y caballería intentaron tomarla durante todo el 6 de Septiembre y consiguiéndolo al caer la noche tras duros combates en los que destacaron las tropas italianas por un bando y los formidables soldados suecos por el otro. Puesto que esta era una posición dominante enseguida ambos ejércitos se dieron cuenta de que era la clave de la batalla y a la mañana siguiente las tropas imperiales se propusieron recuperarlo.

Para tal misión se destinó una fuerza en cuya primera fila se situaron dos regimientos de alemanes y el efectivo Tercio italiano de Toralto mientras que en segunda línea se hallaba el formidable Tercio español de Idiáquez.

Desarrollo de la batalla

Ante el comienzo del avance imperial, los suecos lanzaron un gran carga de caballería que hizo huir a todos los alemanes de primera línea, pero el Tercio de Toralto aguantó y consiguió reternerlos hasta que llegó la caballería para contrarrestar la carga. El contraataque sueco fue detenido en seco.

Ante esto los suecos lanzaron una nueva carga con lo mejor de su caballería pesada, el Regimiento de élite Amarillo, pero nuevamente el Tercio de Toralto aguantó escudándose en sus picas y rechazó el ataque. Con la moral alta llegó por fin el turno del Tercio de Idiáquez que compuesto por los mejores soldados del mundo iniciaron un ataque combinado de salvas y picas que no tuvo rival.

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Eran prácticamente imparable y a las 7 de la mañana ya se había hecho con la preciada cima de la colina causando además numerosas bajas entre los suecos que intentaron volver a atacar para recuperar la colina y que nuevamente se llevaron un serio correctivo de los veteranos españoles. La táctica de los españoles era clara, sus mosqueteros disparaban por turnos, siendo más efectivos ya que los suecos disparaban tres filas a la vez, y cuando hacían eso los españoles se agachaban de forma sincronizada y esquivaban gran parte de los disparos.

Mosqueteros tercios españoles

En total 15 ataques rechazaron sin apenas sufrir bajas de consideración

A partir de entonces, lo suecos comenzaron a lanzar ataques sin parar a la colina y todos eran rechazados por los Tercios Españoles que eventualmente se veían reforzados por cargas de la cabellería. En total 15 ataques rechazaron sin apenas sufrir bajas de consideración y mermando y sobre todo agotando al enemigo. Tras estos 15 ataques y con los protestantes ya extenuados, los Tercios Españoles pasaron al ataque. Los suecos y sajones comenzaron a ceder terreno rápidamente y pronto aquello se convirtió en una desbandada. El propio general sueco, Gustaf Horn, fue capturado y los restos del ejército sueco se replegaron en dirección a Heilbronn.

La batalla podía darse por acabada, pero no la carnicería. A eso del medio día los protestantes ya habían sufrido 8.000 muertos durante la batalla, pero no acabaría el día sin que cayesen otros 9.000 en la persecución.

Contraataque imperial

Según las crónicas de la época, los españoles aguantaron «seis horas enteras sin perder pie, atacados dieciséis veces, con furia y tesón no creíble, tanto que los alemanes decían que los españoles peleaban como diablos y no como hombres, estando firmes como si fueran paredes».

Un coronel del bando sueco confirma «Nunca nos habíamos enfrentado a un soldado de infantería como el español. No se derrumba, no desespera, es una roca y resiste pacientemente hasta que puede derrotarte».

Esta batalla fue un duro golpe al Imperio sueco, que tardaría años en volver a componerse, y por otro lado quedaba demostrado nuevamente que la formación típica española “el Tercio” seguía siendo imbatible en los campos de batalla, al menos durante unos años más.

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FRANCISCO HERNÁNDEZ VARGAS

Almeriense de raíces granadinas, soy diplomado en turismo con especialización en equipos de venta y marketing además de un amante de la historia.

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